Retratar es capturar un rostro único e irrepetible, como lo es quien lo posee, en un lugar y un momento concretos igualmente irrepetibles.
Es una captura porque el rostro no se entrega por sí sólo, nunca, aunque sea ofrecido voluntariamente, posando, por el modelo. Sea consciente o no el rostro de que intento atraparle, se muestra siempre como si lo supiera: desafiante, sometiendo irremediablemente a prueba mi capacidad para descifrarlo, para retenerlo después momentáneamente entre mi cerebro y mi mano, y para finalmente trasladarlo al papel. "Aquí estoy yo, atrápame si puedes", me dice insolente cada vez que aparece delante de mí, sabiendo que siempre será más probable que escape a que sea capturado.
Llevo muchos años intentando capturar retrato, aunque muchos menos sintiendo que lo consigo. Ahora puedo intentar capturar el tuyo, si me lo pones a tiro.
El ejercicio de retratar implica descifrar primero lo que estamos viendo y representarlo después. Descifrar los elementos de un rostro requiere aislar y captar las claves de:
sus formas anatómicas ("cómo son"),
las proporciones de éstas ("qué tamaño tienen respecto a otros"), y
sus posiciones ("cómo y donde están colocados respecto a otros elementos y respecto al espacio que todos comparten").
Estas claves son las que, a la inversa e inconscientemente, al ver un rostro, nos permiten identificar a alguien: saber si conocemos a esa persona. En consecuencia, si no desciframos adecuadamente lo que luego representamos, el retrato no facilitará a otros la identificación del modelo.
Porque un retrato ha de identificar inequívocamente al modelo. Para mí es innegociable. Sin la identificación bien resuelta no lo considero retrato, lo considero una obra de mayor o menor mérito artístico, con un rostro en ella.
Tres tipos de claves completamente interrelacionadas entre ellas. Todas condicionadas a la decisión que tomemos en una sola de las otras dos.
La forma de los elementos de un rostro responde a los atributos que más fácil y certeramente podríamos describir con palabras.
Puede retratarse a alguien en un párrafo, aunque necesitaríamos aislar y describir muchos elementos para completar un retrato escrito que identifique inequívocamente a una persona concreta respecto a otra que se le parezca.
Unos ojos rasgados, por ejemplo, no serán suficientes por sí solos para describir a nuestro modelo, si no los despiezamos, por ejemplo, en unos párpados pesados y voluminosos, con unos bordes anchos, en unas pestañas densas pero cortas, en un iris grande y oscuro que deja muy poco blanco ocular a la vista, etc., etc.…
La proporción de los elementos no habla de su tamaño: habla de su tamaño relativo a otros tamaños, a otros elementos que funcionan inevitablemente como referencia de proporción.
Los ojos rasgados de antes no serán realmente grandes bajo una frente grande, en un contorno de cara grande y rematados por unas cejas anchas y largas. Sin embargo, sí lo serán si proporcionalmente todo lo que los rodea es pequeño. Una orejas nunca son grandes si la comparación proporcional con el tamaño de la cabeza, o con la proporción entre la nariz y los ojos, no lo sugiere así.
La posición de los elementos: la última clave a través de la cual resolvemos las otras dos.
La posición de un elemento impacta en su forma y en su tamaño: una posición brevemente alterada, no captada con la exactitud requerida, alterará completamente lo que podamos haber descifrado en cuanto a la forma y a la proporción de ese mismo elemento.
Unos ojos rasgados parecerán ojos normales pero simplemente más cerrados si no acertamos con la posición de las pestañas, aunque hayamos identificado que son cortas y densas. Unos ojos grandes no lo serán tanto si están más lejos el uno del otro. Una oreja no será grande si está situada demasiado al fondo en la perspectiva de su lado de la cara.
Y así con todos los elementos y todos los conjuntos que conforman un rostro, concretamente justo ese que tienes delante.